Entre los edificios de dos bancos importantes, en la zona comercial del rio de Tijuana, apenas a las once de la mañana, recargada en la pared para no caer a la banqueta, vimos a la muchacha rubia, joven, bella, desnuda de la cintura a los pies, luciendo una sonrisa distraída, haciendo algunos movimientos con las manos muy blancas y con uñas bien cuidadas. ¿De dónde venía en esas condiciones? La respuesta será difícil, porque la ciudad siempre tiene prisa, los hombres la admiraban al pasar, las mujeres como que le imprimían velocidad a sus pasos y, como suele suceder, la policía jamás acudió al sitio donde debió estar.
¿Producto social de nuestro tiempo? La verdad, quien sabe, porque las autoridades sostienen que se han abatido todos los proveedores de drogas, que quedan solo las tienditas, los vendedores ambulantes disfrazados de todo lo imaginable; dicen los gobernantes, para su personal descargo de responsabilidades, que ya no hay carteles, que no hay grandes organizaciones de narcos, que el trasiego es cosa del ayer cercano y que, con la voz de don Felipe Calderon en alto, solo resta acabar con los vendedores al menudeo, con los poquiteros, con aquellos que acaban con la vida sana de los barrios, las colonias y los fraccionamientos.
Esa chiquilla linda que vimos con asombro, lejos del morbo que produce la desnudez femenina, seguramente es una víctima más de los gobiernos mediáticos, de los que hacen cuentas alegres de éxitos jamás alcanzados; de quienes "informan" todos los días aprovechando de la bondad de los medios de comunicación, asegurando que todo está bien, que no hay problemas graves que afecten a la población, que todo marcha de acuerdo a los deseos de una sociedad esperanzada, empobrecida, indefensa también. Estamos seguros que la jovencita drogada, desnuda, perdida en el remolino de los enervantes, encarnaba un mensaje demasiado serio como para no hacerle caso.
Los seres humanos nos alejamos de todo lo que puede dañarnos y casi siempre evitamos permanecer en el lugar donde sucede algo que nos muestra la realidad que nos lastima; seguro es por eso la prisa de las mujeres que pasaban junto a la jovencita desnuda, ni siquiera la miraban de reojo, como dicen miran las mujeres a gran velocidad, poner distancia de por medio, olvidar la imagen, cambiar la escena dolorida, imaginar que nada sucedió a esas horas de la mañana. Joven y bella, desnuda y drogada, esa es una verdad que duele, que lastima, que ofende a una ciudadanía que anhela una existencia diferente.

Juanita Jiménez
Presidente.
juanitajimenez@comunicadoresbc.com
Manuel Suárez Soto
Vice Presidente.
manuelsuarezsoto@comunicadoresbc.com
Lourdes Maldonado
Coordinadora General.
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